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Una pregunta abierta como grieta

Sólo una cosa es segura… Volverá a temblar.  No sabemos cuándo, cuál será la localización del foco sísmico de un gran terremoto, ni su magnitud. Sólo sabemos que sucederá. No se trata de ser alarmistas. Simplemente hay que entender que México se encuentra en una región donde la movilidad de las placas tectónicas se expresa de forma exuberante. Los registros del Servicio Sismológico Nacional, desde su surgimiento, en la primera década del siglo XX, hasta la fecha, muestran la ocurrencia de miles de temblores, algunos imperceptibles, con magnitudes de poco más de uno y otros con un máximo de 8.2, como el del pasado 7 de septiembre, que tuvo su epicentro en el Istmo de Tehuantepec.

Los sismos ocurridos en septiembre de este año en México han ocasionado la muerte de cientos de personas y cuantiosas pérdidas materiales. Sus efectos abarcan las esferas social, política y económica. A escala social han provocado un gran movimiento: una generación poco comprendida ha mostrado hoy lo mejor de la naturaleza humana. Para entender a esta generación de mujeres y hombres jóvenes hay que escucharla, y lo que están diciendo con su actuación frente a la tragedia es el país que quiere: uno donde predominen los valores humanos, la ayuda a quien lo necesita, enfrentar juntos las adversidades, la solidaridad entre hermanos. En la política se percibe repudio a los políticos y gobernantes; diversos especialistas prevén efectos en las próximas candidaturas y en el proceso electoral del próximo año. A escala económica ya se anunció que habrá modificaciones en el Presupuesto de Egresos de la Federación, especialmente para atender la reconstrucción que requerirá, según el secretario de Hacienda, alrededor de 18 mil millones de pesos, tema al que me referiré más adelante.

Como dicen los expertos en este campo: la causa de los desastres son los fenómenos naturales, casi todos inevitables; pero sus efectos no pueden ser considerados naturales, puesto que pueden ser evitados. El recurso para reducir o evitar las consecuencias adversas de estos fenómenos es el conocimiento… No hay otro camino.

Los recientes sismos nos enseñan varias cosas. Una de ellas, la importancia de la ciencia y la tecnología para entender y reducir sus efectos nocivos. Contar con la infraestructura científica para comprender la tectónica de placas, detectar oportunamente los movimientos telúricos y alertar a la población es indispensable. Nadie podría dudar (creo) de la importancia de fortalecer estas capacidades. Estudiar a profundidad y conocer las características del suelo en distintas regiones de nuestro territorio, en particular donde hay grandes asentamientos humanos, es algo que también se convierte en obligatorio. Esto permite planear el desarrollo futuro de las distintas regiones del país, contar con mapas de riesgos y establecer la reglamentación indispensable en cada caso para las construcciones, la cual, mediante la investigación, debe ser actualizada de forma permanente.

El rescate de las víctimas de los derrumbes requiere, como hemos visto, personal altamente calificado, el desarrollo de las tecnologías de información y comunicación, la creación de tecnología propia para la detección de cuerpos y el salvamento. La ayuda internacional recibida en días pasados muestra cómo es un área del conocimiento en pleno desarrollo, en la cual México, como nación expuesta permanentemente a riesgos sísmicos, no puede quedar rezagado. El tratamiento a los heridos y afectados sicológicamente por la tragedia debe ser también un campo de estudio que debe impulsarse.

La reconstrucción también requiere de una atención cuidadosa basada en el conocimiento de los expertos en las distintos campos de la física y las ingenierías, así como en el diseño de nuevos materiales tanto para albergar provisionalmente a quienes lo han perdido todo, como para las nuevas edificaciones, especialmente escuelas y hospitales con riesgo cero.

Está plenamente justificado reorientar el gasto público a partir de los sismos. Ya lo dijo José Antonio Meade, titular de la Secretaría e Hacienda, que será necesario reasignar recursos del Presupuesto de Egresos para la reconstrucción. Pero corremos el riesgo de planear la economía del país hacia el futuro sólo de manera reactiva, construyendo casas y edificios, algo que no solamente es necesario, sino obligatorio; pero podemos olvidar que para enfrentar los desafíos que nos presenta la ocurrencia de sismos en México debemos desarrollar la ciencia y la tecnología.

Y no se trata de la habitual rebatinga por los recursos públicos, quien lo entienda así, lo lamento mucho, pues creo haber mostrado (y no soy el único) que hay razones suficientes para reconocer el papel central de la ciencia y la tecnología para entender y enfrentar los sismos, por lo que un presupuesto que realmente busque contender con los efectos adversos de estos fenómenos debe reconocer el papel crucial del conocimiento.

Todo lo anterior es lo que hace surgir la pregunta. No la entiendo como una interrogante que formula una persona, sino la que se hace un país: frente a los sismos actuales y futuros, ¿México incorporará seriamente al conocimiento científico y tecnológico en su desarrollo? o ¿seremos permanentemente un país dependiente del conocimiento ajeno hasta para enfrentar nuestras desgracias? La respuesta, que también debe darse como nación, la conoceremos pronto en el actuar de nuestros gobernantes y legisladores. Esperemos que sea la que merece una sociedad que se ha volcado con decisión a explicar y enfrentar esta tragedia.

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