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¿What did you really do, Charlie?

Durante parte del siglo XX, el trabajo publicado del naturalista Charles Robert Darwin -cuyo cumpleaños número 200 celebra(rí)amos hoy, internacionalmente- fue presentado por algunos especialistas como un ejemplo insuperable de aplicación del ‘método hipotético-deductivo’ en las ciencias. Entre ellos sobresale el historiador-filósofo de la biología Michael Ghiselin, quien hizo la afirmación más explicita de lo anterior en The Triumph of the Darwinian Method. El razonamiento hipotético-deductivo también está asociado al filósofo liberal-racionalista Karl Popper, quien lo empleó de manera astuta en su crítica al pensamiento inductivista en las ciencias naturales. En la jerga filosófica, el modelo de explicación científica que se deriva del hipotético-deductivismo se llama ‘nomológico-deductivo’ (nomos=ley): es la obtención certera de conclusiones a partir de enunciados que reflejan observaciones particulares, con la ayuda de ‘leyes naturales’.

Por: Francisco Vergara Silva*

Durante parte del siglo XX, el trabajo publicado del naturalista Charles Robert Darwin -cuyo cumpleaños número 200 celebra(rí)amos hoy, internacionalmente- fue presentado por algunos especialistas como un ejemplo insuperable de aplicación del ‘método hipotético-deductivo’ en las ciencias. Entre ellos sobresale el historiador-filósofo de la biología Michael Ghiselin, quien hizo la afirmación más explicita de lo anterior en The Triumph of the Darwinian Method. El razonamiento hipotético-deductivo también está asociado al filósofo liberal-racionalista Karl Popper, quien lo empleó de manera astuta en su crítica al pensamiento inductivista en las ciencias naturales. En la jerga filosófica, el modelo de explicación científica que se deriva del hipotético-deductivismo se llama ‘nomológico-deductivo’ (nomos=ley): es la obtención certera de conclusiones a partir de enunciados que reflejan observaciones particulares, con la ayuda de ‘leyes naturales’ -es decir, de enunciados generales que imparten necesidad absoluta a las conclusiones obtenidas. Popper postuló que, si bien nunca podríamos saber si la ley empleada en alguna instancia del método hipotético-deductivo es ‘verdadera’, sí podríamos deducir su falsedad: para ello, bastaría con someter a escrutinio empírico el enunciado observacional que forma parte del argumento lógico, y encontrar si éste último es falso o verdadero.

Popper es un autor demodé entre los filósofos de la ciencia contemporáneos. Sin embargo, dado que no existe ninguna ley absoluta que gobierne la evolución, Popper dedujocorrectamente (deliciosa ironía) que el hipotético-deductivismo es inaplicable en la biología evolutiva -la ciencia que Darwin fundó con su obra. Los estudiosos dedicados al devenir de la cultura humana -los historiadores sensu stricto, pero también los arqueólogos, los antropólogos y otros científicos sociales- lo saben muy bien: sobre los tiempos idos sólo podemos hacer inferencias, estimaciones, interpretaciones. En la historia humana, el pasado se remonta a decenas, cientos o miles de años; en la subdisciplina científica que llamamos filogenética -la parte estrictamente histórica de la biología evolutiva- las escalas temporales son a veces de miles, decenas de miles o hasta cientos de miles de millones de años. Tal vez resulta innecesario decirlo: en la filogenética, la ‘verdad’ deductiva simplemente no existe.

En cuanto al hipotetico-deductivismo de Darwin, Popper refutó a Ghiselin; eso queda claro. Pero, entonces, ¿qué clase de operaciones lógicas habitan la obra darwiniana? En la actualidad existe claridad al respecto: el modo inferencial puesto en práctica por Darwin en The Origin of Species se llama abducción -el razonamiento que hace parecer como probablemente verdadera la explicación de un hecho que, sin ella, parecería sorpresivo. No es aventurado afirmar que la abducción o ‘inferencia a la mejor explicación’ es el modo de razonamiento humano por excelencia: asumimos la existencia de un ratón en la casa como el mejor modo de explicar que el queso sobre la mesa tiene agujeros que asemejan mordiscos, y que al pie de la silla hay pequeños pedazos de excremento. A pesar de su obviedad, no está de más resaltar el contraste fundamental entre ambos modos inferenciales: a diferencia de la deducción, la abducción sólo puede arrojar conclusiones probables, nunca certezas absolutas.

Tal vez porque la inferencia a la mejor explicación es un juego intelectual muy estimulante, la biología evolutiva sea muy divertida. Es extraño, sin embargo, ver que muchos de los herederos contemporáneos de Darwin –así como algunos despistados divulgadores de la ciencia- están atrincherados en abducciones que ni siquiera son óptimas -al respecto de temas como el envejecimiento, la naturaleza de la consciencia o los correlatos genético-embriológicos de la aparición de los caracteres morfológicos en numerosos grupos taxonómicos. Es difícil predecir cuánta discusión crítica habrá en 2009 sobre estos temas. Como sea, en relación a las abducciones darwinianas, hoy persiste una inquietud, que corresponde a las expresiones del naturalista sobre ‘lo humano’. En The Descent of Man, Darwin postuló –abductivamente- el origen común de las ‘variedades’ en nuestra especie. Sin embargo, también reafirmó la creencia victoriana en la superioridad de las ‘razas civilizadas’ sobre los ‘bárbaros’ y ‘salvajes’. Si Darwin viviera hoy, ¿qué opinaría acerca de las consecuencias globales, a largo plazo, del Darwinismo social, las concepciones eugenésicas, la sociobiología? ¿Modificaría sus razonamientos abductivos al respecto de lo que veía como desigualdades biológicas insalvables entre los grupos humanos -un punto de vista que parece estar tomando nueva fuerza a partir de las investigaciones comparativas del genoma de diferentes poblaciones humanas?

 

*Investigador, Instituto de Biología, UNAM


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