¿Para qué puede servir a científicas/os conocer de ciencias sociales?
Existen muchas respuestas posibles a esta pregunta, pero aquí nos centraremos en una. En las últimas décadas, las ciencias sociales han generado una creciente conciencia sobre la importancia de someter a revisión las formas a través de las cuales (todas) las ciencias realizan su tarea: el análisis de los mecanismos semióticos y materiales que utilizamos para investigar empieza a considerarse un punto clave para entender y transformar la sociedad.
Por: Antar Martínez*
Existen muchas respuestas posibles a esta pregunta, pero aquí nos centraremos en una. En las últimas décadas, las ciencias sociales han generado una creciente conciencia sobre la importancia de someter a revisión las formas a través de las cuales (todas) las ciencias realizan su tarea: el análisis de los mecanismos semióticos y materiales que utilizamos para investigar empieza a considerarse un punto clave para entender y transformar la sociedad.
La idea fundamental es que las ciencias son en principio prácticas sociales: están imbuidas en dinámicas culturales y relaciones de poder; adquieren sentido a través de la constante negociación de significados al interior y entre comunidades científicas; sus proyectos están íntimamente vinculados a las circunstancias políticas, históricas y económicas donde son generados. Las y los científicas/os son personas de su tiempo, de su condición, con acceso a unos recursos específicos, usando teorías y nociones particulares creadas en un momento de la historia. La producción del conocimiento, y por tanto el conocimiento mismo, no existen en el vacío, sino que están atravesados por un contexto social que los determina y del cual es imposible deshacerse. Alguna vez un profesor resumió esta idea en una oración nítidamente brillante: la manera en que se hace conocimiento está inscrita en el propio conocimiento producido. He aquí lo que nos han venido advirtiendo científicos y pensadores durante las últimas décadas: el conocimiento no está ahí afuera independientemente de nosotros y de nuestros avatares, más bien es el producto de nuestra actividad y por lo tanto está inevitablemente signado por ella.
Thomas Kuhn, en La estructura de las revoluciones científicas, argumentó que aquello que se tiene por un “hecho científico” depende de la perspectiva o el paradigma desde donde se mire: los científicos de una época se adhieren a un determinado paradigma y los grandes avances suelen suceder cuando alguien que no comparte dicho paradigma logra instalar una nueva perspectiva sobre el asunto. Algunos ejemplos de ello son el paso de la visión ptolemaica a la visión copernicana del universo y la ruptura en la comprensión de las fuerzas gravitatorias que comportó la teoría de la relatividad con respecto a las nociones newtonianas. Para Kuhn, un paradigma no es otra cosa que “una constelación de logros –conceptos, valores, técnicas, etc.- compartidos por una comunidad científica y usados por ésta para definir problemas y soluciones legítimos”.
El hecho de que el conocimiento esté determinado socio-históricamente no significa que sea irreal: por el contrario, está sobradamente comprobado que la actividad inquisitiva humana tiene un carácter productivo. Esto quiere decir que cuando “descubrimos” algo, estamos en realidad fijando “una versión” de ese algo, volviendo concreto y real ese algo a través de un modo particular (un concepto, una relación, una tecnología). Ésta es una razón de peso para estar al tanto de los estudios sociales relativos a la ciencia: los conocimientos que producimos tienen efectos de realidad para con el mundo. O sea, no sólo lo describen, sino que lo construyen. La manera en que nombramos los fenómenos, en que decimos que las cosas funcionan, contribuyen a que el mundo sea de una determinada manera o de otra: funcionan como criterios y demarcaciones para definir lo que es posible pensar, las metas que hay que perseguir, las relaciones que se deben mantener, la manera en que debemos organizarnos.
Con respecto a la influencia social en la producción de conocimiento, los ejemplos son cada vez más abundantes. En el conocido estudio realizado por los sociólogos de la ciencia Bruno Latour y Stephen Woolgar, publicado como Laboratory Life: The Social Construction of Scientific Facts, estos investigadores se incorporaron al Instituto Salk de Estudios Biológicos con el fin de observar cómo trabajaban los científicos: buscaban averiguar de qué manera determinaban lo que sería considerado como realidad o hecho y, en este caso en particular, la cuestión giraba en torno a establecer la estructura de la hormona TRH como “Pyro-Glu-His-Pro-NH2”. Durante varios meses, los sociólogos hicieron un trabajo etnográfico al interior de los espacios formales e informales del laboratorio, para llegar a la conclusión de que el conocimiento generado surgió en buena parte de una red de acuerdos sociales, políticas de trabajo, dinámicas de grupo y otros procesos sociales “inherentes a la ciencia y a la sociedad”. Evidentemente, esto no quiere decir que debamos descartar los avances de las ciencias físico-naturales (a nadie se le ocurriría negar las eficaces ventajas que nos aportan), sencillamente nos muestra que debemos tener en cuenta la determinante influencia social presente en la generación de conocimientos.
La otra cara de la moneda –la forma en que la ciencia construye al mundo- está igualmente tornándose visible. En la obra Patterns of Discovery, Norbert Hanson sostiene que abordamos cada situación con maneras habituales de percibir, de modo tal que en el propio acto de la percepción producimos los “sucesos” de la conciencia. Esta idea es planteada de la siguiente manera: “El niño y el lego pueden ver: no son ciegos; pero no pueden ver lo que ve el físico; son ciegos a lo que ve éste. Ver es una empresa que está cargada de teoría. La observación de X es influida por el conocimiento previo que se tenga de X”.
Estas discusiones nos advierten que nuestras ciencias no son precisamente ingenuas y que sus perspectivas y productos tienen consecuencias importantes para la vida en sociedad. Ante esto, necesarias posturas autocríticas y transdisciplinares que sean conscientes de la responsabilidad social de la institución científica. Ante este carácter politizado del conocimiento se abre un abanico de preguntas nuevas que desafían las formas tradicionales de entender y habitar el mundo, como: ¿qué idea de “naturaleza” nos hemos formado a través de las ciencias naturales?, ¿como la describimos sutilmente, qué lugar le concedemos detrás de nuestros aparentes informes neutrales y objetivos? Para Descartes, quien estableció las bases epistemológicas de la ciencia moderna, el hombre ocupa un lugar privilegiado desde donde manipula y domina la naturaleza, ¿es posible que la manera en que nos hemos acostumbrado a observarla y nombrarla haya contribuido de alguna forma a la actual crisis ecológica?
En el ámbito del género también se han lanzado cuestiones desafiantes. La teórica Sandra Harding ha analizado la manera en que las prácticas científicas reproducen, a menudo, un orden social patriarcal: ¿cómo se han distribuido y asociados ciertos atributos como activo-pasivo y racional-emocional entre los géneros?, ¿qué implicaciones tienen las supuestas diferencias naturales entre los géneros para el orden social actual?, ¿cuántos géneros hay y quién los determina? Cuestiones que durante mucho tiempo se han dado por hecho ahora son miradas con ojos extrañados y son objeto de renovado debate. Pero quizá, la pregunta más excitante sea la siguiente: ¿es posible generar nuevas formas de conocer, de hacer ciencia, que sean caldo de cultivo para nuevas prácticas sociales, nuevas formas de ser y hacer, que nos ayuden a construir un mundo más habitable?