El problema de la eficiencia terminal
La medida y evaluación de la eficiencia terminal (ET) de las instituciones de educación superior (IES) se le encarga al “Instituto de Ingeniería” (IE) por la “Subsecretaría de Educación Superior e Investigación Científica” de la “Secretaría de Educación Pública” (SEP). No se especifica, en el documento accesible por internet, a cual IE se refiere el texto, si al de la UNAM, al de la U. Veracruzana, al de la U. de Mexicali, o al de cualquiera otra IES. Quizá se trate del de la UNAM. No importa. De todas maneras la SEP le encarga, a algún IE, dicha medición, y a ella nos atenemos. Tampoco importa si tal medida sólo llega al 2004. Más allá de ese año, no hay rastros de que el asunto le interese más, al poder ejecutivo de la nación.
Por: José Bargas*
La medida y evaluación de la eficiencia terminal (ET) de las instituciones de educación superior (IES) se le encarga al “Instituto de Ingeniería” (IE) por la “Subsecretaría de Educación Superior e Investigación Científica” de la “Secretaría de Educación Pública” (SEP). No se especifica, en el documento accesible por internet, a cual IE se refiere el texto, si al de la UNAM, al de la U. Veracruzana, al de la U. de Mexicali, o al de cualquiera otra IES. Quizá se trate del de la UNAM. No importa. De todas maneras la SEP le encarga, a algún IE, dicha medición, y a ella nos atenemos. Tampoco importa si tal medida sólo llega al 2004. Más allá de ese año, no hay rastros de que el asunto le interese más, al poder ejecutivo de la nación.
El documento empieza aclarando: “… eficiencia y calidad son dos conceptos totalmente diferentes”. Pero no dice porque. Uno se imagina que a mayor eficiencia mayor calidad, pero el documento, accesible por internet, nos advierte que eficiencia y calidad son “totalmente” diferentes:
http://ses.sep.gob.mx/wb/ses/estudio_de_la_eficiencia_terminal_de_las_ies_m
Aunque pensándolo bien, podría ser de sentido común: son mejores dos años de buena educación con buenos maestros sin obtener ningún título, que seis años, con título y mención honorífica, donde no se haya aprendido nada útil o importante. En todo caso, sigue rigiendo el método platónico: mejor me pego a Sócrates que a los sofistas, aunque estos me den un “título”, dijo Platón. Aunque esto en realidad es improbable pues no abundan los Sócrates. Además de que, dicho sea de paso, un título certificado por el Estado, ya sea de propiedad, de conocimientos, de patentes, o de lo que sea, vale más hoy que en Atenas, cuatro siglos antes de Cristo. Hernando de Soto dixit, para que quede constancia.
Después nos aclaran: “Las opiniones aquí expresadas como comentarios a los números son de la exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan posición oficial alguna de la Secretaría de Educación Pública”. Así que todo queda en la penumbra: “…voy a usar estos numeritos para cantarte la cartilla y negociar tu presupuesto, pero ojo, yo no tengo nada que ver, ¡eh!” Si el patronato de tu IES está formado por amigos del Presidente, todo puede cambiar.
En cualquier caso, el documento de 2004 trata de medir la eficiencia terminal de 140 IES mexicanas: la formación de profesionales con licenciatura con programas de 4 y más años. Aunque surge otro problema, por lo que pido al lector que tenga paciencia y sea comprensivo, resulta que las “…medidas de eficiencia son relativas y se podrían establecer de varias maneras”: egresados, titulados y registrados. Los “registrados” son aquellos que son egresados, titulados y además han tramitado su cédula profesional. Los autores del documento deciden evaluar a éstos para términos de la “eficiencia terminal” (ET). No a los egresados (que terminaron las materias de un plan de estudios), no a los titulados (los que aprobaron su examen profesional), aunque puedan estar trabajando y con éxito, si no a los que fueron a tramitar a “profesiones” su “cédula profesional” (registrados: la “licencia” la da, oficialmente, el registro). Qué bien. Basta con que una IES contrate a un “gestor” para que sus estudiantes tengan la “cédula” en el mismo día que aprueben su última asignatura para ser registrados. Pero pongamos mi caso: mi universidad no contrató a tal gestor, así que si yo no voy al DF, hago cola en “profesiones” (Insurgentes Sur), entrego mis papeles y espero unos días, no se me entrega la cédula. Me pregunto cuántos graduados de provincia tuvieron ese cuidado, sobre todo si no venían a estudiar un posgrado al DF. Esto lo digo para evaluar mejor los porcentajes de ET reportados de tecnológicos y universidades estatales que mencionaré a continuación. En fin, el hecho es que le basta a cualquier IES contratar a ese gestor, para que se arreglen sus estadísticas. En resumen, se divide el número de registrados el año X, entre los alumnos que ingresaron 5 años atrás.
Si hay casos para quienes bastaron dos años de educación para poner un negocio y vivir de él, o trabajar en otro, o ingresar a un posgrado, no se les considera casos exitosos, sino “desertores”, aunque se ganen el Premio Nóbel. Pero sin llegar a tanto, es algo común con los computólogos, tan de moda: les suelen ofrecer tan buenas propuestas de trabajo desde los primeros años de la carrera, que si sus familias tienen algún problema económico, se van a trabajar, o sea, “desertan”. Lo cual, en realidad, no quiere decir que la IES fracasó. Crear un negocio, generar empleos, ser agente productivo ¿no es ese el fin en sí ?, diría Hegel.
El estudio tampoco toma en cuenta si las diferentes carreras dentro de una misma IES tuvieron ET diferentes. El número de una IES es el promedio de los promedios de todas sus carreras. Se usan los datos del “Archivo de Cédulas Profesionales de la Dirección General de Profesiones” (DGP), que lo mantiene desde 1945.
Aclarado todo esto para que el lector aprecie con más cuidado las cifras que se darán a continuación comenzaremos diciendo que:
”…la eficiencia global del sistema que en 1999 resultó de 47%, con 103 instituciones, en 2000 de 42% con 120 instituciones, 2001, 49%, 2002, 48%, en 2003 resulto 43%, seis puntos menos, con las mismas 120 instituciones. En 2004, con 140 instituciones la eficiencia global mejoró notablemente y llego a 57%”.
El promedio nacional es casi de 60% de Eficiencia Terminal. Acaso ya se haya superado el 60% en 2010. Así es que, sinceramente, debemos de aplaudir, pues ese número no está nada mal. Sobre todo con las consideraciones expresadas más arriba y la que sigue a continuación:
“en la actualidad números semejantes de hombres y mujeres se titulan y obtienen la cédula profesional cada año”. “El porcentaje de mujeres graduadas en 1950 era del 9.7% … en 2004 su porcentaje fue de 51%”. Lo que confirma la “bondad intrínseca del sistema”. No se que quiera decir lo de la “bondad”, me imagino que el sistema está funcionando, y como tiene estadísticas ascendentes, cada vez lo hace mejor.
Así que, según esto, está más que justificado el presupuesto para educación superior. Reducirlo no es bueno, dados los resultados. Se desperdicia mucho dinero de manera discrecional, sin rendición de cuentas y sin evaluación a varios niveles. ¿No sería mejor invertirlo en educación superior? ¿Etiquetarlo? ¿No es “inversión en la gente” lo que produce desarrollo? Eso sí lo medimos. Aunque, eso lo dijo Obama, en este país no se si alguien lo crea. Pero de todas maneras, ¿qué gobierno quisiera reducir esos números? No sería sano querer retroceder.
Entre la muestra de IES a comparar se encuentran: 33 técnológicos públicos, 26 universidades privadas, 34 Universidades públicas estatales y 6 IES federales. Entre estas últimas la UNAM tuvo una ET de 66.6 % y el IPN de 68.7%, aunque entre ellas la diferencia pueda no ser significativa, sí lo es respecto del promedio nacional de 57%. Sobre todo por el número de alumnos que atiende cada una de estas instituciones. Pero comparemos con otros sistemas: Universidades públicas estatales = 52%; Institutos tecnológicos públicos = 52%.
Ahora va la sorpresa: IES privadas = 91% (¡!).
¿Cómo explicar la cifra de las IES particulares? Siempre oímos que es porque los estudiantes son de clase media alta, están bien alimentados, van en sus coches a tomar clases, estudian sobretodo carreras de administración, su empleo está casi asegurado dadas las redes de amistades y complicidades
sabiendo cual es su destino programado en una sociedad clasista, y en fin, poseen más recursos para tener un lugar de estudio agradable, con internet, libros y demás facilidades. Esta disquisición me la han recetado ya varias veces.
Pero es un mito. Es lo malo de sólo ver lo números globales para sacar conclusiones. Si eso fuera cierto no se explica porque la Escuela Libre de Derecho (de donde se graduó el presidente Calderón) tiene una ET de 29%, la Universidad de Monterrey de 31%, la Universidad Anáhuac de 34%, la Universidad Iberoamericana (Ibero) de 48%, al igual que la Escuela Bancaria y Comercial. La Universidad Panamericana tiene una ET de 60%. Todas ellas debajo de la UNAM y el Poli, las supuestas “universidades federales, públicas y de masas”, repito, en el 2004.
La explicación a este fenómeno, sin embargo, no fue difícil de encontrar: resulta que el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) tiene una ET de: 385% (¡!), la Universidad de las Américas (Puebla): 286%, la Universidad del Valle de México: 228%, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey: 153% y la Universidad la Salle: 106%. Todas ellas, y otras más, “jalan” el promedio hacia arriba: hacia el 91%. Pero se preguntará el lector, ¿cómo pueden graduar más gente que la que se inscribe a estudiar? Por mucha administración que estudien y enseñen, ¿cómo puede haber más salida que entrada, más producto que insumo? ¿Es una violación a la Primera Ley? ¿Se reproducen mientras estudian de forma que por uno que entra salen 2 o 3? Por supuesto que no.
Uno de los trucos, muy digno de alabanza, es el siguiente: entre algunas de ellas, la revalidación de estudios es válida (USA: undergraduate transfer): si a una persona no le gustó la Anáhuac y quiere pasarse al Tec, es bienvenida. Parece que al revés no lo es tanto. Unas dan becas más accesibles que otras. Hacen propaganda en las preparatorias. Ofrecen más opciones de titulación. Así es que aceptando estudiantes en cualquier año de la carrera se puede aumentar, ¡y en mucho! la ET. Hay otras razones de esto, que como no vienen al caso para este artículo, no se mencionarán ahora, si no que se explorarán en futuras entregas (e.g., no hay largas filas tratando de estudiar carreras científicas o de humanidades y son muy pocas las IES privadas que las ofertan).
Con todo, hemos sacado una conclusión valiosa: el límite de la ET no es el 100% (que todos los que ingresan, los mismos, se gradúen: límite teórico dada la manera de hacer la proporción: ver arriba), sino algo mejor: se puede graduar a muchos más, distintos, de los que ingresan.
Así que por ejemplo, si a la UNAM le interesara aumentar su ET así nada más, por gusto, le bastaría hacer lo siguiente:
Además de implementar un examen para alumnos de 1er ingreso, tendría que implementar exámenes para alumnos que quisieran ingresar en el 2º. año de la carrera, en el tercero, etc. Así, por ejemplo, en la carrera de medicina, si sólo el 50% pasó de 1º. a 2º. año (números usuales), el examen en el 2º. año permitiría “reponer” a los que se quedaron atrás. Y así, en cada año. De esta manera se lograría que, si entraron 1000 a la carrera, por decir un número, se graduaran 1000, aunque no sean los mismos, o 1500, o 2000, dependiendo de cuantos decidan ingresar en años intermedios. Lo cual también lo podrían hacer todas las universidades y tecnológicos públicos en sus estados respectivos. Entonces, se acabaría el problema de la eficiencia terminal que tanto restriega la SEP en la cara a las universidades públicas al compararlas con las privadas. Problema que, ya lo vimos, es totalmente artificial. Una trampilla. Incluso podría hacerse esto, con un poco de propaganda, para que una carrera “le vuele” estudiantes a las otras, dentro de una misma universidad, ¡qué tal!, dado lo cual, el número pierde todo su valor.
Pero ayudaría, y mucho, a remediar algunas situaciones comunes tales como: si a la familia de un estudiante de universidad privada le va mal y ya no puede pagar la colegiatura, pueda ingresar a la UNAM; en 2º. o 3er año de la carrera. Esto es sumamente importante en tiempos como el actual, donde la pésima política económica del gobierno ha mandado a innumerables familias de la clase media a la pobreza. Adermás, la queja de que preparatorias tales como Bachilleres y las particulares acceden a la UNAM de manera no igualitaria (debido al pase “reglamentado” de las prepas de la UNAM), se solventaría dándoles una segunda oportunidad: cuando el sistema ya haya dejado libres los lugares de los que no pasaron del 1º. al 2º año de la carrera, etc..
Ya mostraron, las IES particulares el camino. Se puede tener más del 100% de ET. Aunque, obviamente, eso hace inútil la proporción que sirve de medida: habría que utilizar en el denominador, a los que ingresen en cualquier momento, a los que no habían ido a tramitar su cédula por desidia o falta de interés y por fin se decidieron, y a muchos más. Al pasar del 100%, la verdad es que la cifra ya no mide lo que dice que intenta medir. Lo cual impide hacer comparaciones válidas.
Pero, mientras la medición siga adoleciendo de ese defecto, hay que admitir que un pequeño cambio de política en las IES públicas aumentaría tremendamente su ET. Una vez alcanzados los tales números, la verdad, sería más difícil regatearles el presupuesto. Se me dirá que la UNAM y el Poli ya hacen exámenes de revalidación. Sí, es cierto. Pero no son difundidos en los medios tanto como los exámenes de ingreso, si lo fueran, la ET de ambas instituciones ya hubiese rebasado el 100%. Se dirá también, que se iniciaría una “competencia desleal”, pues la IES públicas subsidiadas, competirían por estudiantes con IES privadas donde las colegiaturas son nada despreciables. Pero ¿quién dijo que a las IES habría de vérseles como “empresas” en competencia por un nicho de mercado? Se puede argumentar que las IES públicas son lugares que, por lo contrario, “crean mercado”, llevan al lugar de la competencia a nuevos actores que, sin ellas, verían reducidas sus posibilidades de acceder a él. Además, lo hacen preservando el patrimonio, poco o mucho, de las familias de los educandos, que como se sabe, pagan impuestos. Esto abonaría al principio de “igualdad de oportunidades”, esencial a toda democracia. Así es que si uno de los parámetros medidos para acceder al presupuesto federal es la ET, la UNAM, el Poli y otras IES públicas tienen con que solucionar el problema de una manera fácil y expedita.
Algunas ya lo hicieron, veamos la ET de La Universidad Autónoma de Yucatán: 131%. Si así se “evalúan” las cosas y a eso se quiere jugar y, abramos cancha.
*Investigador del Instituto de Fisiología Celular. UNAM