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El hombre que confundió a su esposa con un sombrero

Generalmente damos por hecho que, ante una escena común, todas las personas vemos lo mismo; considerando formas, colores, dimensiones, etcétera, y la escena misma en su conjunto. Esto, si es que posible, sería bastante difícil de probar científicamente. Por el contrario, se han registrado casos que hacen pensar que, probablemente, cada quien crea sus muy particulares representaciones mentales del mundo que nos rodea.

Por: Francisco J. Sánchez Marín*

Generalmente damos por hecho que, ante una escena común, todas las personas vemos lo mismo; considerando formas, colores, dimensiones, etcétera, y la escena misma en su conjunto. Esto, si es que posible, sería bastante difícil de probar científicamente. Por el contrario, se han registrado casos que hacen pensar que, probablemente, cada quien crea sus muy particulares representaciones mentales del mundo que nos rodea.

Seguramente deben darse bastantes coincidencias o una especie de paralelismo, sin lo cual sería imposible ponernos más o menos de acuerdo. No hay duda de que estamos de acuerdo con “los nombres”. Decimos que algo es “verde” y en eso estamos de acuerdo, pero tanto la sensación como la consecuente percepción que produce el estímulo visual son experiencias, hasta hoy, sólo accesibles para quien las vive. Esto puede explicar, aunque sea en parte, porque para algunos el verde es el más bonito color y para otros es, sencillamente, horrible.

Oliver Sacks, quien es doctor en neurología, narra en uno de sus libros el caso de un hombre, el Dr. P, que llegó a confundir a su esposa con su sombrero. El Dr. P quien era un buen profesor de música, repentinamente, empezó a no poder reconocer las caras de sus alumnos y a “confundir” objetos con personas. Su agudeza visual era muy buena. Podía identificar detalles por separado, pero era incapaz de percibir una escena como un todo.

Más adelante, para reconocer personas hacía uso de su excelente oído. Cuando, en una consulta, el doctor Sacks le mostró una escena del desierto del Sahara, el Dr. P dijo que veía un río, muchas sombrillas y gente comiendo en la terraza de una casa de huéspedes. Luego, en el momento en que el Dr. P pensó que la consulta había terminado, buscando su sombrero, tomó con una mano la cabeza de su esposa y trató de levantarla para “ponersela.” El Dr. P no estaba demente, razonaba perfectamente, pero su sistema visual dejó de funcionar adecuadamente.

Por algún motivo, la corteza de la parte posterior de su cerebro dejó de procesar “correctamente” la información que provenía de las retinas de sus ojos. O, tal vez la información de los ojos llegaba a la corteza fragmentada o distorsionada o, tal vez, el problema estaba en otra de las partes del cerebro que son también parte del sistema visual. El Dr. P podía reconocer formas geométricas “puras” pero, cuando se le mostró un guante reconoció una forma continua con cinco protuberancias que podría servir para guardar monedas de cinco tamaños distintos, pero no veía un guante.

El Dr. P vivía en un mundo de abstracciones visuales sin vida; no tenía un mundo visual “real” y  nunca tuvo conciencia de lo que le sucedía.  ¿Sería posible que la memoria visual y la imaginación del Dr. P estuvieran intactas?

 

*Investigador del Centro de Investigaciones en Óptica (CIO)


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