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El rompecabezas de la memoria y las pastillas de la amnesia

Todos alguna vez hemos deseado de alguna forma, borrar de nuestras cabezas algunos recuerdos dolorosos o traumáticos. Aunque Marcel Proust nos hizo ver maravillosamente que las personas somos lo que somos gracias a nuestros recuerdos de hechos y sensaciones del pasado, siempre existe la tentación de ir al médico borra-memoria...

Por: Alonso Martínez Canabal*

Todos alguna vez hemos deseado de alguna forma, borrar de nuestras cabezas algunos recuerdos dolorosos o traumáticos. Aunque Marcel Proust nos hizo ver maravillosamente que las personas somos lo que somos gracias a nuestros recuerdos de hechos y sensaciones del pasado, siempre existe la tentación de ir al médico borra-memoria, como en la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, y pedir que nos borren alguna parte de nuestra historia. Sin embargo, los neurocientíficos, aún estamos muy lejos de comprender los aspectos más básicos de cómo se adquiere y almacena la memoria en el cerebro. Antes de poder inventar las píldoras de la amnesia,  es necesario entender la forma en que una proteína o una corriente eléctrica en el cerebro pueden hacer que se aparezca en nuestra mente una vivencia pasada. Aunque parezca de ciencia ficción, rápidamente nos acercamos a dicho escenario.

Desde comienzos del siglo pasado, se habían realizado importantes descubrimientos respecto al mecanismo biológico de la memoria. Los descubrimientos de Ivan Pavlov y sus contemporáneos confirmaron que los animales cuentan con sistemas de almacenamiento de datos espaciotemporales complejos y firmemente arraigados en sus cerebros. Paralelamente, los trabajos de Santiago Ramón y Cajal, mostraron la existencia de las neuronas y la posibilidad de que la memoria dependiera por completo de estas células. Posteriormente se dieron grandes adelantos, uno de los más contundentes fue que la formación de n  de uevas memorias requiere de la formación de nuevas proteínas.

También resultó sorprendente la observación del potencial de largo término, fenómeno mediante el cual las neuronas pueden incrementar sus respuestas eléctricas a un estímulo cuando éste ha sido aplicado previamente. Estos potenciales de largo término muestran una especie de aprendizaje de las neuronas y, por ello, siempre se consideraron como la posible base eléctrica de la memoria. Sin embargo, estos datos y teorías se mantenían inconexos y su relación era poco clara hasta hace poco. Aparentemente el único camino posible para entender realmente cómo es que recordamos, es intentar comprender las relaciones entre los distintos hechos biológicos que participan en la memoria. En los comienzos de este nuevo siglo, hay científicos haciendo grandes esfuerzos por comprender estas relaciones.

Haciendo una investigación bibliográfica, conocí un sorprendente artículo del grupo de Todd Sacktor de la universidad estatal de Nueva York,  publicado en la revista Science. Este grupo descubrió el efecto de un fármaco llamado ZIP, el cual inhibe la PKMuna proteína que se sintetiza en el cerebro durante la adquisición de la memoria.  Fármacos capaces de impedir la formación de nuevas memorias no son nuevos, tampoco los fármacos que matan neuronas y así impiden cualquier aprendizaje y destruyen cualquier recuerdo, pero el ZIP es único e inquietante.

Esta sustancia se muestra capaz de borrar por completo las memorias recientemente adquiridas, sin destruir las neuronas ni impedir la formación de nuevos recuerdos. Las ratas que fueron tratadas con el fármaco se olvidaron por completo de una tarea que habían aprendido el día anterior. Además, las neuronas también sufrieron amnesia individualmente, esto se observó midiendo sus respuestas eléctricas, que tras la aplicación del fármaco fueron las de una neurona “desmemoriada” sin potencial de largo término. Durante años los científicos consideraron que los famosos potenciales de largo término, eran la base física de la memoria, pero no se había probado con claridad hasta ahora. El artículo del Dr. Sacktor aporta una de las pruebas más contundentes de esta teoría, ya que el efecto del ZIP en una neurona individual corresponde perfectamente con el comportamiento observado en un animal tratado con el fármaco. En otro artículo más reciente publicado por el mismo grupo en la misma revista, se muestra que el ZIP también actúa borrando memorias muy viejas. Así que la síntesis y actividad de ciertas proteínas, también hacen que se mantengan aquellos viejísimos recuerdos lo cual hasta ahora era insospechado.

Los autores de estos artículos hablan de beneficios terapéuticos que la aplicación del ZIP podría tener, como el tratamiento del estrés post-traumático. Sin embargo, de caer en las manos equivocadas, aquellas de idearios políticos totalitarios por ejemplo, el ZIP podría tener efectos devastadores. Afortunadamente aún estamos lejos de que el ZIP pueda ser utilizado en humanos, ya que para aplicarlo se necesita cirugía cerebral. No obstante, ya se sabe que proteína es necesario inhibir y es factible que se pueda desarrollar otro fármaco de aplicación sencilla, pero con el mismo efecto. Por ahora me quedo con el monumental avance que esto representa para el conocimiento científico de la memoria y lo grato que son los descubrimientos capaces de derribar viejas teorías y paradigmas.

No podemos permanecer indiferentes frente a este tipo de descubrimientos, los cuales deben hacernos pensar en lo importante que es tratar de entender cómo se interrelacionan los componentes de la memoria, que en alguna época sólo pudieron ser estudiados como hechos aislados. No obstante es necesario cuidar la forma en que se utilizan estos conocimientos, desgraciadamente los grandes descubrimientos científicos a veces también implican un alto riesgo si caen en manos equivocadas. Aun así, descubrimientos como éste, abren una gran luz de esperanza para la prevención y cura de enfermedades implicadas con la memoria, tales como el Alzheimer. Si como decía Proust, nuestros recuerdos nos dan nuestro lugar como personas en el tiempo y el espacio, entonces nuestra memoria es de lo más preciado que tenemos y su pleno conocimiento resulta indispensable para nuestro futuro como especie.

* Estudiante de doctorado. Universidad de Toronto.

alonso.martinezcanabal@utoronto.ca

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