Mitos y realidades en la mortalidad de ostiones
La pregunta por parte de un productor puede resultar simple y directa: ¿por qué se están muriendo mis ostiones? La respuesta es compleja pues el ostión es un recurso que además de servir como alimento, tiene sustancias precursoras que ayudan en la salud humana...
Variaciones en el medio ambiente y malas prácticas de productores entre las causas de la elevada mortandad. Foto: Fabrizio León Diez
CICESE. La pregunta por parte de un productor puede resultar simple y directa: ¿por qué se están muriendo mis ostiones? La respuesta es compleja pues el ostión es un recurso que además de servir como alimento, tiene sustancias precursoras que ayudan en la salud humana, ocupa el décimo lugar mundial en cuanto a su producción y en nuestro país representa un mercado de 50 mil toneladas anuales (20 por ciento de las cuales se producen en Baja California), ante la pregunta de por qué se mueren, la respuesta necesariamente es multifactorial, explica el doctor Jorge Cáceres Martínez, investigador del Departamento de Acuicultura del Centro de Investigación Científica y Estudios Superiores de Ensenada.
Al igual que sucede con los humanos o con cualquier otro organismo, los ostiones no se mueren solamente por culpa de agentes infecciosos. Existen otras causas como las variaciones del medio ambiente, el comportamiento ante estas variaciones (como el estrés fisiológico o posreproductivo), y el manejo mismo que hacen los productores en sus áreas de cultivo, lo cual está relacionado con buenas (o malas) prácticas y falta de capacitación.
El doctor Cáceres se refirió a los estudios que el grupo de patología de moluscos del CICESE ha realizado desde finales de los años 90, cuando se presentaron mortalidades masivas en los cultivos de ostión de Sonora, Baja California Sur y en nuestro estado, en 1997.
Enfatizó la descripción de estos estudios, pues han sido necesarios 10 años para identificar al agente patógeno que está presente, para tratar de entender su rol en la mortalidad, así como el papel que está jugando el propio medio ambiente.
Para dar un contexto histórico, mencionó que la producción mundial de ostión se basa en dos especies: Crassostrea virginica, también conocido como ostión americano por ser nativo de este continente, y Crassostrea gigas, el ostión japonés. El primero se distribuye naturalmente desde el norte del golfo de México hasta Brasil; para cultivarlo se requiere poca tecnología y sustenta entre 80 y 90 por ciento de la producción nacional, principalmente en los estados que colindan con aquel golfo. Por su parte, el ostión japonés fue introducido en los años 70 a esta región del país, no porque no hubiera especies nativas, sino porque ya se conocía su biología e investigadores de la UABC y del CICESE pensaron que podría adaptarse bien a las condiciones hidrográficas de esta zona, a pesar de que su cultivo, incluyendo la producción de semilla, resulta bastante tecnificado.
Los resultados han sido buenos, pero al aumentar la producción y demanda, ha sido necesario tratar de entender los episodios de mortalidad que se han presentado desde que iniciaron los cultivos, a mediados del siglo pasado.
Estos episodios se presentaban de manera intermitente y con reportes en varios países. A nivel mundial se ha visto que diversos patógenos, desde virus a protozoarios, incluyendo hongos y hasta gusanos, infectan a larvas, semilla, juveniles y adultos de diversas especies de ostión. Por ello, cuando hay un perjuicio en los cultivos, como ocurrió en esta región en la década de los 90 con afectaciones de 80 y hasta 90 por ciento de la producción, se asume que puede estar asociada a patógenos. Pero sin duda hay otros factores.
Entre los factores hidrográficos y biológicos asociados a estas mortalidades inexplicables destacan: una pobre circulación en los cuerpos de agua donde se realizan los cultivos, poca profundidad, alta turbidez, áreas de alta productividad, temperaturas del agua superiores a 18 grados centígrados que coinciden con desoves, y florecimientos algales (nocivos o no), entre otros.
El especialista indicó que a partir de los casos que se presentaron en esta región en 1997 y 1998, se inició la colaboración entre varias instituciones. Han sido necesarios 10 años de investigación para descartar a un vibrio y un iridovirus como agentes causales de estas mortalidades; que un ciliado (Cyanophora sp,) presente en estos cultivos no es letal, y que los ostiones cultivados en Sonora, Sinaloa y en Baja California son portadores de un herpesvirus, el cual tiene diferencias en su secuenciación que lo hacen más virulento o que actúe de una manera diversa, según el hospedero.
Finalmente señaló que además de la investigación se deben atender las buenas prácticas, la capacitación y el monitoreo continuo. “Pongámonos en el papel del productor que compra su semilla en Estados Unidos. Se la entregan en un cedazo y le dicen que van 50 millones. Llega a su zona de producción y, en primer lugar, no tiene la capacidad de ver que efectivamente se trata de 50 millones. Va por una cubeta, vierte la semilla, acondiciona una pocita con conchas y vacía todo ahí. En ese momento no tiene la menor idea de las perdidas que está teniendo con este proceso. Según cálculos que hemos hecho a través del comité de sanidad acuícola, expresó el experto, un manejo como éste puede provocar mortalidades hasta de 90 por ciento. Lo mismo si cosecha con una panga y deja sus animales a pleno sol, o si cambia sartas de un lugar a otro. Si el productor no tiene conocimientos o no hace bien las cosas, seguramente va a tener mortalidades importantes. Por eso se necesitan programas de capacitación y de monitoreo permanente que permitan obtener información del medio natural sobre temperatura, salinidades, de nutrientes y otros factores físicos, químicos y oceanográficos que permitan asociarlo con otros parámetros.